Truismes

Todo el invierno de la Tierra estalló en mi boca, no me acordé más ni de lo que me quedaba por vivir ni de todo lo que había vivido, se hizo como una bola en mi interior y lo olvidé todo, durante un momento indefinido perdí la memoria. Comí y comí. Las trufas tenían el sabor de las charcas cuando se hielan, el gusto de las yemas encogidas que aguardan el regreso de la primavera, el gusto de los brotes tensos y a punto de estallar en la tierra fría, y la fuerza paciente de las futuras cosechas. Y en mi vientre notaba el peso del invierno, el ansia de encontrar un revolcadero y de adormecerme y de esperar. Cavé con las cuatro patas, hice caca, me revolqué en ella y formé un estupendo agujero oblongo lleno de gusanos recién despiertos y de alverjas en germen. La tierra caldeada empezó a humear a mi alrededor, me tumbé y apoyé el hocico en las patas. Los terrones de tierra rodaron por mi espalda y me quedé allí mucho tiempo. El sol del amanecer me acarició el hocico. Olfateé el paso de la Luna al caer al otro lado de la Tierra, se levantó viento por la noche y me llegó un olor como a arena fría
[…]
Me dejé caer de nuevo en él. Con todo mi cuerpo giré de nuevo siguiendo la rotación del planeta, respiré con el cruce de los vientos, mi corazón latió con la masa de las mareas chocando contra las orillas, y mi sangre fluyó con el peso de las nieves. El contacto con los árboles, los perfumes, los humus, los musgos y los helechos puso en movimiento mis músculos. Sentí latir en mis arterias la llamada de los demás animales, el enfrentamiento y el acoplamiento, el atrayente perfume de mi raza en celo. El ansia de vivir levantaba olas bajo mi piel, me venía de todas partes, como un galopar de jabalíes en mi cerebro, como un estallar de rayos en los músculos, me venía de lo más profundo del viento, de lo más remoto de las razas. Notaba en lo más hondo de mis venas la zozobra de los dinosaurios, la saña de los celacantos, me impulsaba hacia delante el saber que esos enormes peces estaban vivos, no sé cómo explicarlo ahora y ni siquiera sé ya cómo sé todo eso.

Fragmento de Marranadas
de Marie Darrieussecq (Francia, 1969)

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